martes, 30 de mayo de 2017

La Conferencia 2.2

A veces pienso en este blog, aunque sea más que evidente el escaso tiempo que le dedico. Pero sobre todo pienso en los pocos, aunque fieles, lectores que tiene. Pienso en lo que esperan encontrar cada vez que publico algo y en las decepciones que, de forma irremediable, se llevan. Y también pienso en lo mucho que me gustaría cambiar todo eso. Porque, que no publique por aquí no significa que tenga aparcada la escritura, sino más bien que ahora la disfruto de otra forma, quizá de una manera más recogida. Y de ese recogimiento surgen ideas para, en principio, reescribir cuentos publicados por mi en este medio, y que, de alguna manera, he llegado a detestar. He entendido que se pueden escribir mucho mejor y en ello ando. Sin embargo, en esta ocasión no le ha tocado a un escrito que no me gusta, sino a uno que veía con mayores posibilidades. Por eso esta vez no diré la frase "que sea leve", a la que siempre recurro para dar paso a mis cuentos. Esta vez seré más positivo. Así que diré "espero que lo disfrutéis".


La Conferencia

Doña Encarnación llevaba toda una eternidad guardando turno en el vestíbulo del teatro para hacerse con un ponche bien frío. Se había habilitado un mostrador al fondo con una ponchera del tamaño de una marmita para amenizar el retraso, pero el hombre que la dispensaba se lo tomaba con mucha calma. Por fin, tras un buen rato, pudo recoger su vasito de plástico y llevárselo a los labios para darle un pequeño sorbo. La espera había merecido la pena, pues estaba delicioso. Ni muy dulce ni muy cargado, tal como le gustaba a doña Encarnación. Complacida, dio media vuelta y paseó por el suelo marmóreo hasta asomarse a la calle. Allí, a escasos centímetros de la acera, levantó la vista por encima de los edificios mientras saboreaba su copa con devoción. La cúpula celeste descansaba sobre lo que parecía ser un colchón de nubes vaporosas, en aquellos momentos de unos tonos tan sonrosado como el exquisito brebaje que acababa de probar. 

De pronto, un autobús de dos pisos paró justo delante suyo, a unos seis metros de distancia, ocultando casi por completo aquella belleza atmosférica. Al abrir sus puertas hubo el típico trasiego de personas subiendo y bajando del vehículo, pero doña Encarnación solo tuvo ojos para la fotografía que llevaba enganchada en el lateral del chasis, y que además le habían plantado justamente delante de las narices. En ella aparecía una pareja de jóvenes con una sonrisa perfecta, tras el anonimato de una máscara, bailando bajo los focos de una discoteca, celebrando el carnaval e invitando a la fiesta que tendría lugar el próximo sábado, veintitrés de febrero, a todo aquel que estuviera dispuesto a pagar los quince euros de su entrada. 

El autobús aceleró y, al pisar un charco, sus ruedas escupieron sobre la acera un chorro de agua. No recordaba que hubiese llovido tanto pero, a tenor de la humedad acumulada sobre el asfalto, era evidente que así había sido. Y ahora, con la incipiente puesta de sol, parecía escampar. Estando como estaban a finales de febrero, eso podría acarrear alguna que otra helada. Por fortuna, doña Encarnación llevaba puesto un elegante gabán verde oscuro, prenda más que indispensable para cuando tuviera que volver a casa y las temperaturas cayeran en picado.

Continuó con la mirada puesta sobre el autobús hasta verlo desaparecer entre el tráfico, más allá de donde le alcanzaba la vista, a través del aire puro y transparente que había dejado la tormenta a su paso. Doña Encarnación siempre había disfrutado contemplando el trajín de la ciudad, y lo cierto es que le daba igual dónde se produjera, pero estar en la Gran Vía, la arteria principal de la urbe, era de por sí todo un espectáculo para sus sentidos. Dichosa con su suerte, se dio media vuelta y observó la recepción del teatro. 

¿Dónde estaban sus amigas? Había venido con ellas, de eso estaba segura, pero tanto Pilar como Teresa eran dos mujeres revoltosas; de esas que ni se callarían ni se estarían quietas aunque alguien las encadenara a unos grilletes y les pusiera un bozal. Y aquello parecía un hormiguero. Con un vestíbulo tan grande y abarrotado andarían haciendo la ronda, de aquí para allá, como si interpretaran un vals interminable, saludando a todo el mundo y presentándose a quienes no tuvieran el placer de conocerlas. Por una parte era muy divertido verlas danzar de ese modo, pero, por otra, doña Encarnación ya no estaba para esos trotes y pronto las dejaba actuar a su libre albedrío. 

Era mucho más tranquilo acudir a un acto de esas características con su marido Ismael pero, desde que se jubilara, el pobre hombre había experimentado un bajón físico importante. El reuma atacaba sus articulaciones sin piedad, y prefería pasar las tardes leyendo en su butaca o escuchando noticias por la radio. Pero a doña Encarnación, después de terminar con los quehaceres del hogar, la casa se le caía encima y, aunque sólo fuera un par de veces a la semana, necesitaba airearse. Afortunadamente, siempre habían mantenido una relación de respeto y confianza mutua, por ese motivo jamás le había puesto ningún impedimento para salir por las tardes con sus amigas. Incluso no ponía reparos si, por sorpresa, aparecía su único hijo y le endosaba a Pablo, su nieto de seis años. 

Lo que toda su familia pensaba, pero nadie se atrevía a confesar, es que Ismael hacía mucho mejor de niñera que ella. Y no era ninguna sorpresa, pues si de algo podía presumir su marido era de atesorar toneladas de paciencia con el niño. Ella, en cambio, se desesperaba al momento con su inagotable energía. Prefería que Ismael se ocupara de entretenerlo a base de cuentos y acertijos, que parecían expresamente creados para domar a esa pequeña bestia. Así también podía dedicarle más tiempo a su nueva afición: tejer con agujas de punto. Descubrió lo mucho que la relajaba precisamente cuando Pablo nació y se empeñó en hacer unos patucos para el recién llegado. Desde entonces, no hubo un mes en el que algún familiar no se llevara a casa su correspondiente prenda tejida por doña Encarnación.

Pablo, Pablo... Quién lo hubiera dicho. Con lo dócil que fuiste de bebé y lo travieso que te habías vuelto. A veces, le daban tales arrebatos que parecía estar, literalmente, poseído por un demonio. Y ahora, encima, atravesaba esa época estresante de preguntarlo todo. Por qué esto, por qué aquello, por qué lo otro... A doña Encarnación la sacaba de sus casillas. Pero ahí estaba su marido, siempre sereno, siempre dispuesto a contestar todas las cuestiones que el chiquillo les lanzara. 

No hacía mucho, en el salón de casa, estando ella tejiendo un jersey a escasos metros de los dos, pudo escuchar una de sus recurrentes conversaciones.

—Abuelo, ¿por qué llevas un pañuelo en el cuello? —había empezado a preguntar Pablo con su habitual insistencia.
—Si te digo la verdad...
—Espera, espera... —cortó el niño con descaro—, ¿es que alguna vez me mientes?
—¡¿Cómo?! —dijo Ismael haciéndose el ofendido—Ni se te ocurra pensar eso de mí. Jamás te mentiría.
—Ah, vale —dijo Pablo, dándose por satisfecho—. Entonces, ¿por qué lo llevas?
—Pues porque hoy me he levantado de la cama y he notado un poco de frío, tan sencillo como eso. Y más vale prevenir que curar. No querrás que tu abuelo coja una galipandria, ¿verdad?

El crío fue a responder, pero las manos de Ismael se movieron con mayor rapidez que sus labios y comenzó a hacerle cosquillas en la tripa. Después de reír un rato, Pablo volvió a la carga.

           —¿Y por qué llevas puesto este cinturón? —dijo señalándolo con el dedo—Es muy feo...
           —¿Sí?, ¿tan feo es? —Pablo asintió—Pues ya está: decidido —dijo de pronto Ismael, agarrándose la hebilla—. Ahora mismo lo tiro a la basura.
—¡No, espera! ¡No hagas eso!
—¿Por qué no?
—¡Porque se te caerán los pantalones!

Y en aquel momento, los dos estallaron en una ruidosa carcajada.

—Llevas toda la razón —dijo Ismael, recomponiéndose—. Mejor me lo dejo puesto.

Pero Pablo aún no había terminado con su retahíla de preguntas.

—¿Y por qué llevas siempre este anillo? —dijo cogiéndole la mano izquierda. 
—¡Ah!, el anillo... —y aprovechó ese instante para hacer una pausa dramática. Mientras, inspeccionaba su alianza con atención, como si de ella manasen revelaciones que solo él podía percibir—Verás, es que este anillo es mágico.
—¿Mágico? —se interesó Pablo—¿Y por qué es mágico?
—Bueno, esa es una historia larga de contar. Y no sé yo si...
—¡Cuéntamela, abuelo! —interrumpió Pablo con entusiasmo—¡Va, cuéntamela! —insistió.
—Está bien —dijo Ismael recostándose en su butaca—, te la contaré. Vamos a ver... Mmmmmm... Todo empezó hace miles de millones de años, con la explosión de una estrella muy, muy lejana. Aquella estrella pertenecía a un Dios antiguo, enormemente poderoso, que aprovechaba las altas temperaturas del interior, además de su brillo cegador, para esconder todos sus dones de otros dioses indeseables. Pero, como ya he dicho, aquella estrella colapsó, probablemente por haber acumulado más poder del que aquel astro podía soportar. Y el total de la materia salió disparada en todas direcciones para acabar dispersa por todo el Universo, sin que aquel Dios pudiera hacer nada para evitarlo...

Doña Encarnación se sabía al dedillo la historia, pues tanto le había gustado a su nieto que, desde aquel día, Ismael tuvo que repetirla una y otra vez en cada ocasión que los visitaba. Por supuesto, habían pequeños detalles que cambiaban, pero básicamente era la misma historia de siempre. Empezaba con aquella explosión en una galaxia muy lejana. Luego, tras varias aventuras por el espacio exterior, narraba la llegada a la Tierra del poder, en forma de oro. Y terminaba en la joyería, donde un artesano medio ciego y achacoso había partido el material en dos para crear las alianzas. Según relató el vendedor, el don de aquel metal precioso era tan especial que sólo podía ser entregado a dos personas profundamente enamoradas.

—¿Y qué poder es ese? —acabó por preguntar Pablo, como no podía ser de otra forma, la primera vez que escuchó el relato.
—Pues uno muy sencillo —dijo Ismael—. Con sólo hacer girar nuestros anillos, estemos donde estemos, cada uno sentirá la presencia del otro. Por decirlo de otra forma, estas alianzas son un intercomunicador de almas. De este modo permanecen unidas para siempre.
—¡Huala! —acertó a decir Pablo.

Por supuesto, todas aquellas aventuras y giros argumentales eran pura invención. De hecho, doña Encarnación sabía muy bien que aquellas alianzas eran más bien unas baratijas. Habían pagado por ellas quince mil pesetas, precio más que irrisorio en comparación con las auténticas maravillas que vendían en la joyería, pero aquel era el único importe que podían permitirse por aquella época. 

Aunque lo más extraordinario de ese relato no era que embaucara de forma irremediable a Pablo y lo mantuviera en calma durante más de media hora; ni tampoco que se pusiera de manifiesto, una vez más, la desbordante imaginación de Ismael. Lo fantástico de aquella historia, lo realmente increíble, era que también lograba dejar embelesada a doña Encarnación. Y de tal modo que, no sabía si por autosugestión o simplemente por haber escuchado tantas veces la historia, cuando hacía girar su anillo notaba algo de ese poder recorriendo su cuerpo. De alguna forma, y gracias a esa alianza, podía sentir la presencia de su marido allá donde la necesitara. Y eso, siempre era tranquilizador.
Un tintineo sacó a doña Encarnación de sus recuerdos para devolverla al teatro. El acomodador de la sala, vestido con sombrero de copa y chaqué rojo, había salido al vestíbulo para hacer sonar una campanilla, dando a entender al respetable que iba a dar comienzo el acto. De pronto, cesaron las conversaciones y todo el mundo se dispuso a entrar formando una cola.

Doña Encarnación paseó la mirada por el vestíbulo en busca de Pilar y Teresa, sin hallarlas por ningún lado. Aunque también reparó en un hecho que, hasta el momento, le había pasado inadvertido: cada persona mayor iba acompañada por otra mucho más joven. 

¿Sería una casualidad?, ¿o quizá era un requisito indispensable para acceder al recinto? A doña Encarnación le era indiferente dónde la llevaran sus amigas, siempre y cuando le hicieran pasar un rato agradable y divertido. Pero igual deberían haber invitado también a alguna de las hijas de Teresa. Resultaba evidente que con su juventud rebajarían de forma considerable la media del grupo. De hecho, era probable que, sin decirle nada, hubieran quedado allí con ellas y ya estuvieran en la antesala. Teniendo en cuenta la impaciencia que las caracterizaba, seguramente habrían entrado de las primeras.

La inquietud se apoderó de Doña Encarnación. Y siempre que algo la preocupaba y no tenía con quién consolarse, recurría al tic milagroso que lograba calmarla: buscaba con la mano derecha el dedo anular de la mano izquierda y hacía girar su alianza. Era la prueba tangible de que, allá donde estuviese, sentiría el apoyo de su marido. Fue a ejecutar ese sencillo gesto y se llevó una desagradable sorpresa: el anillo no estaba. Mierda, pensó, me lo habré dejado sobre el fregadero cuando lavé los platos del mediodía. Se lo quitaba porque, desde hacía un tiempo, se le hinchaban las manos con el agua caliente y le hacía daño, pero a veces le fallaba la memoria y no siempre recordaba ponérselo de nuevo. Tampoco pasaba nada, pues era Ismael quien, siempre atento a sus descuidos, solía dar con la alianza para guardarla en un cajón del tocador. Sin embargo, no poder contar con su amuleto de la calma la puso un poco más tensa. 

¿Qué podía hacer? No podía creer que sus amigas la hubieran abandonado. Ese no era su estilo. Como mucho podrían haber entrado de forma atropellada y olvidarla por un momento, aunque estaba segura de que, en cuanto se dieran cuenta, aguardarían su llegada en la antesala. Pero también estaba claro que precisaba de una pareja para poder entrar. O eso parecía. 

Doña Encarnación decidió situarse en la cola y, en caso de necesidad, explicarle la situación al portero. Si no hacía falta ir acompañada, perfecto. Y si era obligatorio, le diría que dos de sus amigas aguardaban dentro, aunque entre las tres sumaran, de largo, ciento cincuenta años de edad. Podrían ser muy estrictos y exigirle una compañía más juvenil, pero siempre estaría a tiempo de pedirle a una de las hijas de Teresa que fuera su acompañante. O, en caso muy extremo, darse la vuelta y volver para casa.

De pronto, un joven salió corriendo de la sala y fue directo hacia ella.

—Perdón por la espera —dijo recuperando el aliento—. Ya está todo arreglado, ¿pasamos dentro? —y le ofreció el brazo izquierdo en forma de asa para que se aferrara.

Doña Encarnación dudó un instante. Era un chico alto, moreno, vestido de forma impecable, de labios carnosos y una caída de ojos irresistible, muy parecida a la de su marido. Además, cuando conoció a Ismael, hacía ya más de cuarenta años, lucía un tipo casi idéntico al de ese joven. 

Los labios de doña Encarnación dibujaron una sonrisa cómplice. Este emparejamiento llevaba el sello inconfundible de Pilar y Teresa. Eran incorregibles. Ellas sabían perfectamente cómo le gustaban los hombres. Se las imaginó en la antesala del teatro, escogiendo primero al chico y luego avasallándolo, como dos cotorras desatadas, hasta convencerlo para que se prestara a ayudarlas. Y, dada la amabilidad demostrada por el joven, no habría tenido más remedio que ceder ante aquellas insistentes súplicas para salir en su búsqueda. Menudas pajarracas estaban hechas.

Pues vale, pensó doña Encarnación, me subo al carro. Y con un—Vamos — agarró al chico con fuerza y se dejó guiar hasta la entrada.

Nada más atravesar el umbral se toparon con el acomodador, quien los recibió con un cordial saludo y les ofreció dos cuartillas con el programa de mano. Al cogerlas, doña Encarnación recordó la visita que debía hacer antes al excusado si lo que pretendía era permanecer con la vejiga desahogada durante toda la gala.

—Necesito ir al baño —anunció al joven con premura.

Este le devolvió una mirada comprensiva.

—Por supuesto, te acompaño a la puerta. —Y antes de que ella pudiera entrar, añadió—No tengas prisa, te espero aquí, he dejado mi abrigo sobre las butacas para que nadie nos quite el sitio.

Era un verdadero encanto de chico. ¿Qué edad tendría? Según sus cálculos, no más de veinticinco. Y no tenía novia, eso por descontado, si no nadie entendería que estuviera allí, solo, un sábado por la tarde. Sentada en el inodoro, doña Encarnación soltó una risita traviesa al sorprenderse ella misma trazando un plan para seducirlo. No, jamás se le ocurriría traicionar así a su marido; pero eso no quitaba que pudiera coquetear un rato. Seguro que Pilar y Teresa se partían de risa en cuanto la vieran aparecer con la cabeza apoyada en su hombro y aferrada a ese cuerpo firme y musculoso.

Para cuando entraron en la sala, ella bien sujeta al brazo para interpretar su papel, el presentador ya estaba dando por terminado su discurso y, entre grandes aplausos, anunciaba al primer orador. Era un hombre más mayor que matusalén, con la movilidad tan reducida que dio tiempo de sobras a que la pareja tomara asiento.

Una vez en su butaca, doña Encarnación miró a derecha e izquierda, esperando ver por algún sitio cercano a sus amigas, pero todo era gente desconocida.

—¿Dónde estarán Teresa y Pilar? —preguntó al chico en voz baja.
—¿Quién?
—Mis amigas, Teresa y Pilar. ¿O es que ya no te acuerdas de ellas?

Por un momento, el joven la miró como si le estuviera hablando en chino. Pero a los cinco segundos le sobrevino una chispa de lucidez.

—¡Ah!, sí —contestó al fin—. Pilar y Teresa, las amigas con las que salías. Pues no tengo ni idea de dónde andarán. Hará como diez años que no las veo —y, como si nada, volvió la vista al escenario.

Pero... si acababa de hablar con ellas. ¿Qué clase de broma le estaban gastando? Desde luego, una de muy mal gusto. Doña Encarnación frunció el ceño. Por primera vez se sintió incómoda al lado del chico. Ya no le caía tan bien ni le parecía tan irresistible. Molesta con la respuesta, buscó el anillo en su mano izquierda para tranquilizarse haciéndolo girar; pero el gesto fue en vano, pues su dedo continuaba igual de desnudo que hacía un rato.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó el joven alzando una ceja.

Vaya pregunta más tonta. Por supuesto que estaba bien, ¿acaso no lo parecía? Si había alguien allí con un problema, sobre todo de modales, ese era él.

— Perfectamente —respondió doña Encarnación con voz seca. Luego se removió en su asiento y soltó un bufido de irritación.

El vejestorio por fin había llegado al centro del escenario, aunque permanecía parapetado tras el atril, en silencio, con evidentes problemas para arrancar con su discurso. Al parecer se había dejado la lengua en casa.

Aquella escena era insufrible. Para distraerse, doña Encarnación trató de pensar en la enorme bufanda que acababa de tejer para Pablo. Era mitad azul, mitad grana, con colores idénticos a los de su equipo de fútbol. Liada al cuello le llegaba hasta los tobillos, pero en cuanto diera el estirón le quedaría de fábula. Tan sólo faltaba darle unos pespuntes de refuerzo, así sería un recuerdo de su abuela para toda la vida.

Volvió a contemplar el escenario. Ahora el viejo parecía pelearse con unos papeles, como si no estuviera del todo convencido del orden que les había asignado. 

Doña Encarnación no sabía cuantos minutos llevaba en aquel auditorio, en silencio, rodeada de desconocidos y sin poder ver a sus amigas. Su paciencia se estaba agotando. Volvió a tantear la mano, que ahora descansaba en su regazo, para buscar de nuevo el anillo, pero esta vez tropezó con una de las cuartillas. No era lo mismo, pero le sirvió de sucedáneo para envolverse el dedo con el papel y darle vueltas. 

¿Qué hacía allí sentada? El chico había empezado comportándose con educación, pero que tratara de tomarle el pelo de esa forma tan extraña le había sentado como un tiro. Ya no era una grata compañía. Y con la faena pendiente en casa aquello era una pérdida total de tiempo. De pronto, decidió que no estaba dispuesta a tirar la tarde por el retrete. Lo mejor que podía hacer era marcharse. Primero daría un paseo por el patio de butacas para despedirse de Pilar, de Teresa y, en caso de haber venido, también de sus hijas. Pero si no daba pronto con ellas tampoco retrasaría mucho su partida. Allí ya no pintaba nada. Sin más, doña Encarnación se puso en pie.

           — ¿Adónde vas, abuela? —dijo el muchacho mientras la apresaba por la muñeca— Aún no es tu turno.

           ¿Qué pretendía ese joven? Hacía un rato se había mostrado la mar de simpático y ahora le resultaba tan molesto como una almorrana. 

En el momento en el que doña Encarnación daba un tirón para soltarse y mandarlo a freír espárragos, vio caer su abrigo al suelo. Del bolsillo asomaba una prenda. Era una bufanda azul y grana, igualita a la de su nieto, sólo que mucho más vieja y algo deshilachada pese a la fortaleza de sus nudos. 

Examinó los ojos de aquel joven con atención. 

Sin prisa, a pequeños empujones, cómo si una brisa fresca disipara un banco de niebla matinal, se abrió paso en su mente una cara conocida. Era el dulce semblante de un niño, trazado a fuerza de recuerdos en aquel rostro de adulto.
El bochorno la devolvió a su butaca. 

—Pa... ¿¿Pablo?? —preguntó temblorosa.
—Dime, ¿estás bien? —contestó su nieto—¿Necesitas ir de nuevo al baño?
— No, no... que va. Eh... estoy bien...

Pero doña Encarnación estaba muy lejos de encontrarse bien. ¿En qué momento había crecido tanto? No le entraba en la cabeza haberse perdido semejante desarrollo. Desconcertada, volvió a recurrir al tic de buscarse el anillo. En aquel momento, le era tan necesario como el respirar. Pero seguía sin encontrarlo. Presa de la confusión, se miró las manos. En el dedo anular aguardaba la cuartilla, comba y arrugada, pero todavía le fue posible leer en su encabezado "Testimonios contra el Alzheimer". 


—¡¿Podrías parar ya de hacer eso?! —gritó Pablo en voz baja.

Doña Encarnación se detuvo por completo.

—¿De hacer qué? —preguntó con un hilo de voz.
—Ese gesto... lo de intentar girar el anillo. Sabes muy bien que ya no lo tienes en el dedo. Y, además, prometiste dejar de hacerlo mientras estuvieras conmigo. Hace que piense en el abuelo.

Doña Encarnación no entendía nada. ¿De veras lo había prometido? ¿Y qué sabía sobre el paradero del anillo? ¿Acaso lo tenía en su poder? Aquel chico era capaz de habérselo apropiado para luego venderlo al mejor postor.

Doña Encarnación se enfureció.

—¡Pablo!, ¡¿dónde está mi anillo?!

El joven se la quedó mirando, con la sombra marchita de una media sonrisa en los labios. Tan forzada como desgastada. Quizá por haber repetido aquel semblante, unido a las palabras que vendrían después, en más ocasiones de las deseadas.

— Lo llevas en el collar —contestó abatido—, de colgante, junto a la alianza del abuelo. Así lo decidiste cuando murió. Dijiste que ya no tenía ningún sentido llevarlo puesto.

¿Muerto? ¿Su... su Ismael? No podía ser. Aquello era un engaño. ¡Lo había pillado y ahora mentía! ¡Si habían estado comiendo juntos ese mediodía y ella se había sacado el anillo para fregar los platos! Era imposible que lo tuviera en el...

Se echó la mano al cuello para agarrar el collar. Y allí estaban, los dos anillos, tintineando el uno contra el otro. 

Doña Encarnación no sabía cómo reaccionar. Su único gesto fue el de hacer un nido con sus manos para darles cobijo y apretar con fuerza los anillos. Por fin lo había encontrado. Su amuleto, su paz, el nexo de unión entre ella y su marido. Ahora, ya no volvería a sentirse sola. Nunca más. Notando entre los dedos el suave tacto del metal, todo iría mejor. Ismael permanecería siempre a su lado.

Sin poder pestañear, doña Encarnación clavó la mirada en el hombre mudo del escenario. Sudaba a mares, y el presentador, viéndolo en un grave aprieto, saltó raudo al escenario para pedir al público un caluroso aplauso que pusiera fin a su malogrado intento de discurso. Luego, con mimo, le pasó el brazo por encima de los hombros e improvisó una disculpa, en nombre de su padre, por no haber podido cumplir con el compromiso. La platea entera premió sus palabras con un gran estruendo.


Mientras se retiraban, doña Encarnación cruzó la mirada con aquel hombre decrépito. Por un instante, los dos se observaron como si estuvieran delante de un espejo. Sus caras reflejaban idéntica expresión. Una lágrima recorría ambas mejillas.


lunes, 24 de abril de 2017

¿Incomunicado? Ojalá...


Siempre me ha fascinado la comunicación. Eso de transmitir ideas que a uno le rondan por el cerebro, con el simple gesto de abrir la boca y emitir sonidos, es algo digno de admirar. O soltarle una orden a tu perro y que este cumpla exactamente con lo demandado es, probablemente, lo más parecido que hay a la magia. Pero ojo, que también sucede lo contrario cuando un gato maúlla con insistencia hasta ver cómo llenamos de pienso su comedero. Tenemos tanto de transmisores como de receptores, y actuamos según nos llegan o mandamos mensajes.

Aunque no siempre nos comunicamos a viva voz. En nuestro afán por hacernos entender, hemos creado también signos visuales que invaden cada rincón de nuestro entorno. Y no me refiero sólo a la escritura; esta parte de mi reflexión iba más encaminada a las señales de tráfico, diagramas y un largo etcétera. En definitiva, que estamos siendo bombardeados continuamente por un sinfín de información.

Por eso es tan difícil permanecer incomunicado. Y mucho más desde que existe internet y, sobre todo, los teléfonos móviles.

Creo haber comentado en alguna ocasión esa manía que me ha entrado últimamente de no ver la tele. Bueno, siendo más exactos, sólo la enciendo para ver películas, series y algún que otro partido de fútbol. ¡Ah!, y lo único que suena en mi radio es música. ¿Que qué consigo con esta actitud tan radical? Pues, así a vote pronto, la parte liberadora que da el vivir en la más absoluta ignorancia sobre lo que sucede en el resto del mundo. No sabéis lo placentero que resulta escuchar la conversación de varias personas exaltadas por una noticia indignante y de la que no tenéis ni idea.

Y no es que no me interese estar informado, pero, admitámoslo, hace ya unos cuantos años que los telediarios han dejado de lado todo rigor informativo para dedicarse en cuerpo y alma a entretener. De hecho, toda la tele no es más que mero entretenimiento. Con decir que los periodista a los que les doy mayor credibilidad son "los hombres (y mujeres) del tiempo", está todo dicho. Así que pocas veces veo esa clase de programas y muchas menos me los tomo en serio. Prefiero vivir en la paz y el sosiego de la desinformación.

Pero ahí están los móviles para socavar toda mi estrategia. ¡Malditos cacharros! Porque no hace falta encender la tele o escuchar la radio para saber a qué noticias estamos dando relevancia. Basta con tener instalado WhatsApp y pertenecer a un par de grupos con personas activas. Es así cómo me entero de que, por ejemplo, Iñaki Urdangarín y la infanta Elena han declarado en los juzgados. Ponen unos "memes" (por dios, que palabra tan fea. ¡Qué alguien se invente otra ya!) y yo sólo ato cabos. O, gracias a los fotomontajes, de que existe un autobús naranja con frases despreciables escritas en el lateral de su chasis. También visitan mi móvil chistes sobre robos y otros desmanes cada vez que encuentran otro caso de corrupción en la cúpula de algún partido político. Y esto, por desgracia, sucede muy a menudo. Sí, la mezquindad, cual miserable bacteria, aprovecha cualquier defensa baja de mi aislamiento para atacarme. ¿Existirá un antivirus para frenar los mensajes? El primero que invente esa aplicación ganará mi admiración infinita.

Por poner un ejemplo gráfico, así me enteré de que el Atlético de Madrid se cruzaba con el Real Madrid en las semifinales de la Champions.



Por favor, ¡basta ya! ¿Es que voy a tener que lanzar el móvil por la ventana para permanecer incomunicado? Conseguir evadirse, hoy en día, es toda una quimera. Y luego habrá gente por ahí diciendo que se siente sola...




domingo, 2 de abril de 2017

El arte de no amargarse la vida


Una vez escuché decir a un ávido lector (¿o quizá se lo leí?) que hay que leer de todo, incluso libros de autoayuda. Y supongo que remarcó eso último por la mala fama que tienen los de dicho género.

Personalmente, nunca me he sentido atraído por los libros de autoayuda. Primero, porque es incongruente que existan; su denominación no tiene ningún sentido. La definición de autoayuda dice: "Ayuda que una persona se presta a sí misma para superar una situación personal que le afecta psicológicamente". Pero si lo que hacemos es recurrir a un libro, no sé que diferencia puede haber con visitar a un psiquiatra. Para practicar la autoayuda deberíamos hablar con nosotros mismos y punto. Leyendo un libro, lo único que conseguimos es meter la voz de otra persona en nuestra cabeza, por lo que el ejercicio de ayudarse uno mismo queda del todo anulado.

Pero la segunda razón por la que no me interesan es que esa clase de libros tienen una pinta de aburridos que echan para atrás. Si no hallamos trama, ni personajes, ni ningún misterio que resolver, ¿cómo van a ser divertidos? Además, siempre sobrevuela el temor de dar con algún místico inescrutable soltando parrafadas con sentidos ocultos, pero tan ocultos que nadie entienda absolutamente nada. Vamos, como si estuvieras leyendo una Biblia escrita a mano por la indescifrable letra de un médico.

Pero cierto día viendo la tele, hará ya un par de años, me topé con una entrevista muy interesante que hacían a un psicólogo. Y resultó ser interesante, no porque me ayudara de algún modo a ser más feliz, sino porque el dogma que pregonaba se aproximaba sorprendentemente a mi forma de ver la vida. Yo, desde el día en que nací y sin saberlo, había estado poniendo en práctica aquel método que ese hombre explicaba con tanta devoción. Y ese hombre no era otro que Rafael Santandreu. Entonces lo busqué por internet y me di cuenta de que había publicado un par de libros (en estos momentos ya lleva tres). No tardé en preguntarme: ¿existe mejor autor para empezar a leer libros de autoayuda? Y como mi respuesta fue un NO rotundo, en cuanto pude me hice con "El arte de no amargarse la vida", que es el título de su primer libro.

Tampoco esperaba gran cosa. Siempre he creído en lo poco que tienen en común nuestra forma de hablar con nuestra forma de escribir. Tengo la rara impresión de que todo queda más formal cuando utilizamos las letras; aunque me había gustado mucho cómo se había expresado Rafael en la entrevista, no albergaba muchas esperanzas a la hora de abrir el libro. Por suerte me equivocaba. Fue abrir sus páginas y, acto seguido, quedé enganchado. Lo devoré en tres días.

¿Qué tiene ese libro, a parte de acercarse mucho a mi filosofía de vida? Pues, para empezar, un discurso más que asequible. Aquí no encontraremos frases complicadas ni conceptos exóticos. Todo es diáfano y nítido, con lo que logra que cualquier cosa se entienda a la perfección; nadie trata de colarnos tecnicismos ni utiliza supuestas frases bonitas para regalarnos lo oídos (¿o en este caso debería decir los ojos?).

Esta característica diáfana creo que es especialmente importante en un libro de autoayuda, ya que al lector le aporta la impresión de estar ante un discurso honesto, que no se esconde tras frases incomprensibles. Bien por el autor.

Pero, a medida que pasaba sus páginas, lo que realmente me gustó fue ver cómo cada capítulo estaba salpicado con un montón de anécdotas y no pocos minicuentos, algunos de una belleza irrefutable. ¿Por qué son tan importantes los cuentos en esta clase libros? Pues porque un cuento, paradójicamente, no nos cuenta una historia, la muestra. Y ese es el mejor camino para la comprensión: ver con nuestros propios ojos, a través de ejemplos sencillos, las consecuencias de un trastorno mental o la serenidad provocada por una mente sana.

Ni que decir tiene que recomiendo a todo tipo de personas este libro, pero no porque puedan experimentar un cambio radical en sus vidas (para eso es necesario sufrir trastornos mentales de algún tipo), sino porque es ameno, divertido y accesible. Y con esto queda demostrado, al menos para mí, algo muy importante: da igual el tema sobre el que trate un libro. Siempre, sin importar el género, podremos encontrar buenos libros. O películas. O series. O canciones.


martes, 28 de febrero de 2017

La conferencia



Si de algo se me puede acusar es de escribir continuamente sobre tonterías. Lo sé y lo admito, soy culpable. Pero en mi defensa diré que solo trato de buscar el lado amable de las cosas. Sin embargo, como persona normal y corriente que soy, también tengo mis días circunspectos*. Lo que me parece más extraño, y hasta podríamos catalogarlo de novedoso, es que me dé por escribir un minicuento cuando me pongo tan serio. Aunque, eso sí, para no perder la costumbre, no me acaba de convencer el título. Por eso, y por continuar con la tradición, estoy abierto a cualquier sugerencia. En fin, que sea leve.

* Me encanta poder introducir esta palabreja y que no quede demasiado rara.


La conferencia



          No sabía ni cuantos minutos llevaba sentada en aquel auditorio, rodeada de desconocidos, sin escuchar hablar a nadie. Doña Encarnación estaba agotando su paciencia. Se removió en su asiento y miró con cortesía a su vecino de palco (un joven veinteañero que le respondió con una afectuosa sonrisa); luego soltó un bufido de irritación. La sala continuó anclada en un silencio expectante.


          El escenario lo ocupaba un vejestorio angustiado tras el facistol, con ciertos problemas para arrancar con su discurso.


          Doña Encarnación trató de distraerse pensando en la enorme bufanda que acababa de tejer para Pablo, su nieto de diez años. Era mitad azul, mitad grana, con colores idénticos a los de su equipo de fútbol. Liada en el cuello le llegaba hasta los tobillos, pero en cuanto diera el estirón le quedaría de fábula. Tan solo faltaba darle unos pespuntes de refuerzo, así sería un recuerdo de su abuela que conservaría para toda la vida.


          ¿Qué estaba haciendo allí sentada? Con la de faena que le esperaba en casa, aquello era una pérdida de tiempo. Y no estaba dispuesta a tirar la tarde por el retrete. De golpe, se puso en pie y decidió marcharse.


           — ¿Adónde vas, abuela? —dijo el muchacho de su lado mientras la apresaba por la muñeca— Aún no es tu turno.


          ¿Qué quería ese joven? Hacía un momento le había parecido la mar de simpático y ahora le resultaba tan molesto como una almorrana. Doña Encarnación se giró para mandarlo a freír espárragos cuando vio caer una prenda al suelo desde su regazo. Era una bufanda azul y grana, igualita a la de su nieto, solo que mucho más vieja y algo deshilachada pese a la fortaleza de sus nudos. Buscó los ojos de aquel hombretón y descubrió el dulce semblante de Pablo en su mirada. Confusa, se miró las manos y vio entre sus dedos una cuartilla. En ella se podía leer, con letras doradas, "Testimonios contra el Alzheimer".


          El bochorno le doblegó las piernas y se dejó caer de nuevo en su butaca. Luego, sin poder pestañear, clavó la mirada en el hombre mudo del escenario. Como si se tratara de un espejo, aquella cara reflejaba su propia expresión. Una lágrima recorría ambas mejillas.


domingo, 12 de febrero de 2017

Sentido del humor


Ayer, en el trabajo, nos pusimos a contar chistes. Bueno, más bien fueron mis compañeros quienes no pararon de hacerlo. Pero la conclusión que saqué de aquel carrusel del humor fue que el mío es bastante particular. Vamos, que no me río con cualquier cosa y que mi sentido del humor es, cuanto menos, peculiar.

El otro día, por ejemplo, estaba un chófer de mi empresa descargando unos palets inmensos de garrafas de agua. <<Tened cuidado>>, nos dijo, <<Se mueven un poco>>. Y yo, para hacerme el gracioso, le solté la primera ocurrencia que me vino a la cabeza: <<Ya veo que has podido aguantar las contracciones durante todo el camino y no te has puesto de parto>>. El hombre, que encima es ruso y a veces tiene dificultades para entender los significados del castellano, me miró con cara de no entender nada. Y con toda la razón. Es más, si me lo hubieran dicho a mí lo mismo hubiese acabado con igual cara. ¿Qué mecanismos mentales me llevaron a encontrar esa frase? Pues unos muy rebuscados, desde luego. Pensé que, en el caso de habérsele volcado la mercancía, podría haber roto un montón de garrafas. De romper garrafas a romper aguas va un pequeño paso; y de romper aguas a ponerse de parto, otro paso más. Lo que dije sobre las contracciones hacía referencia al bamboleo de los palets, o sea que eso cuenta como dos pasos. Demasiados pasos.

Está claro que solo un imbécil creería que puede hacer reír a otra persona con esa frase. Lo más probable es que a ese imbécil lo miraran como me miraron a mí: como si estuvieran hablando con un marciano. Y por si no ha quedado bastante claro, el imbécil soy yo.

Pero, volviendo a la sesión de chistes, una cosa me quedó clara: la mayoría de las ocurrencias que tienen mis compañeros son demasiado obvias y repetitivas. Me aburren soberanamente. Aunque no siempre. El lunes, por poner otro ejemplo, apareció por el almacén "El Idiota" (si sois de las pocas personas que han leído todas y cada una de las entradas sabréis de quién estoy hablando; y, si no, aquí pongo el enlace) limpio, afeitado y hasta con acondicionador en su, por un día, igualada y sedosa melena. Viendo las fechas en las que nos encontramos, esto tampoco es de extrañar, pues cada año recibimos la visita de "los alemanes". Son unos teutones que vienen a inspeccionar que nuestras instalaciones no estén hechas unos zorros. Como nos dan mucho trabajo y queremos quedar muy bien con ellos, limpiamos las estanterías, pintamos las rayas del suelo y, ya de paso y gracias a nuestra jefa, también se le intenta dar aspecto humano a esa alimaña que tenemos por compañero. Eso de verlo aseado, con un poco de suerte, ocurre una vez al año; a no ser que hagan como el anterior y sencillamente le den dos días de fiesta. Y digo lo de gracias a nuestra jefa porque es ella misma en persona quien le da veinte euros y lo manda a una peluquería. Supongo que serán diez para el corte de pelo y otros diez para el peluquero/a como plus de peligrosidad, porque hay que ser valiente para meter las manos en ese arbusto. Parece mentira, pero aún nos seguimos sorprendiendo cada año al ver que existe una persona debajo de tanto pelo enmarañado. Incluso un chófer, acostumbrado como está a verlo con ese burka hecho de cabellos, nos preguntó que qué le había pasado. Fue justo en ese instante cuando a uno de mis compañeros le sobrevino un golpe de ingenio: << Es que se arregló para ir a la gala de los Goya>>, comenzó diciendo. <<¿Ha salido en la tele?>>, preguntó el chófer, todo inocente. <<Sí, fue a recoger el premio al mejor actor protagonista, por "Un monstruo viene a verme">>.

Tampoco es que me descojonara, pero he de reconocer que, para tratarse de uno de mis compañeros, la ocurrencia estaba bien hilvanada. Y no llevaba la palabra "polla", "coño", "follar" ni "dar por culo", cosa por otra parte muy meritoria.

Algo que también me quedó claro es que da igual con quién estés, pues en esta clase de reuniones sociales siempre llega un momento en el que, de forma inevitable, se pregunta a cada uno de los presentes por su chiste favorito. Por supuesto, con la clara intención de que lo cuente. Y todos, incluido yo, lo hicimos.

La verdad es que no me gusta contar chistes. Lo haces con la esperanza de hacer reír, pero, si la persona que lo está escuchando ya se lo sabe, como mucho le arrancas una media sonrisa. Sí, los chistes, en cierto modo, tienen fecha de caducidad instantánea. Nunca vuelven a ser lo mismo cuando los escuchas por segunda vez. Prefiero las salidas ingeniosas. Son mucho más frescas.

De todos modos, nadie puede evitar tener un chiste favorito, como tampoco se puede evitar tener un color preferido, una película predilecta o una canción que nos anima. ¿Que cual es el mío?, pues uno muy corto y sencillo. Pero quizá lo que más me guste de él es que es atrevido por incluir sin pudor a personas imperfectas. También me gusta que se resuelva con una especie de justicia divina; y si encima tiene un punto escatológico nada despreciable... pues me parece una delicia.

Entonces... ¿qué hago? ¿Lo cuento? Bueno, venga, va.

Un sordo le dice a un tonto.
— ¿Dos más tres?
Y el tonto responde.
— ¡Cuatro!
A lo que el sordo contesta.
— ¡Por el culo te la hinco!

¿Qué, os ha gustado? ¿No? Igual es porque ya os lo sabíais. Tranquilos, no pasa nada, a mis compañeros de trabajo tampoco les hizo ninguna gracia.


lunes, 16 de enero de 2017

La película de la Navidad



Pueden ser varias las razones para que una película sea considerada "de culto". A veces son películas que, por su mediocridad, han pasado inadvertidas, pero que aún así son idolatradas por un grupo de personas que han visto en ellas algo original, diferente al resto; también existen las que, dejando de lado su probada calidad, fueron tan maltratadas en su difusión y distribución que solo una selecta audiencia pudo deleitarse con sus historias. En ambos casos también pueden ser trabajos crípticos, de difícil valoración, con los que has de exprimirte el cerebro o tener una especial sensibilidad para llegar a entender por completo su confuso significado. Eso sí, si logras conectar con ella te parece el no va más, la obra clarividente de una persona que rezuma su lucidez por cada fotograma.

En definitiva, una película "de culto" adquiere su pomposa etiqueta cuando un público bastante significativo, aunque limitado, le otorga relevancia.

También son "de culto" las películas que, mediante sus trailers, amasaron unas expectativas de cine comercial, de mero entretenimiento, pero que acabaron resultando totalmente diferentes a lo prometido; normalmente mejores de lo que dejaba entrever ese pequeño adelanto, pero que, ante la confusión de unos espectadores que esperaban ver otra cosa, acabó siendo sepultada bajo una montaña de críticas desfavorables. Algo así le ocurrió a "El bosque" de M. Night Shyamalan (todos esperábamos terror y nos ofrecieron un simulacro de sociedad naturista; una impactante fábula utópica). Y puede que acabe sucediéndole lo mismo a "La llegada" de Denis Villeneuve. Aunque con esta última son solo suposiciones mías, pues me consta que ha logrado una buena taquilla.

¿A qué viene esta torpe tesis de por qué una película se gana el apelativo "de culto"?, os preguntaréis. Pues porque es un paralelismo que he encontrado, posiblemente igual de torpe y simple que mi anterior argumento, para explicar de una vez por todas y ya pasadas las fiestas, mis sentimientos hacia la Navidad, el Año Nuevo, el Día de Reyes y a la postre cualquier otro día señalado del calendario.

Pero, para lograr mi cometido, sería aconsejable que nos transformáramos en otra persona. Concretamente en Abed Nadir, que es uno de los protagonistas de la serie Community. Vale, vale, no tenéis ni idea de quién es este personaje, ¿verdad? Pues no os preocupéis, porque yo os lo explico en un santiamén. Abed es un estudiante de universidad pública norteamericana (sí, al parecer eso existe) altamente influenciado por la televisión, pues ha pasado toda su infancia viendo películas y series. Este hecho, sumado a su nula capacidad de empatizar con el resto del mundo, le hace buscar a cada instante una referencia televisiva para poder comunicarse o entender cualquier situación. Y es tal el grado de abducción, que él mismo cree estar viviendo en una serie o en una película; por otra parte, con toda la razón. De hecho, Abed no cuenta el transcurrir del tiempo en años, sino en temporadas. Miradle ahí arriba, en la cabecera de esta entrada, haciéndole un bonito encuadre a la vida.

Confieso que es una serie rara y en ocasiones confusa, pero si logras sintonizar con su propuesta también es genial y divertidísima. ¡Ah!, y no muy conocida; por lo que, teniendo en cuenta los argumentos anteriormente esgrimidos, deberíamos considerarla "de culto".

Pero basta ya de hablar de series y vayamos al lío. Imaginemos que las festividades navideñas son una película que se repite cada año. No creo que sea una tarea muy difícil porque en cierto sentido es así. Pero es una película que, a pesar de conocer sobradamente su argumento, nos la van vendiendo desde el mes de noviembre (o incluso antes) a través de innumerables trailers: con anuncios en televisiones, radios y diarios, calles engalanadas con lucecitas, escaparates convenientemente decorados para la ocasión, loterías extraordinarias, regalos... Todo son imágenes de jolgorio, personas de todas las edades con una inmensa sonrisa incrustada en su boca. Esta antesala a la navidad promete unos días rebosantes de felicidad a todo aquel dispuesto a disfrutarla. Porque sí, porque son días programados para la alegría mundial y punto. Estamos obligados a ser felices.

Ante esta perspectiva yo, que soy una persona razonablemente feliz durante el resto del año pero también altamente maleable ante el incesante bombardeo de buenaventura, espero atravesar el umbral de la Nochebuena embriagado, envuelto en un halo de paz, amor y gozo. Y no es así. Continúo igual de feliz y contento, eso por descontado, pero enturbiado por un amargo sabor a decepción. La Navidad, por sí sola, no ha cumplido con las expectativas.

Por supuesto que es agradable no trabajar, darse atracones con manjares y visitar a familiares queridos; pero no más que en cualquier otra época del año. El simple hecho de ser Navidad no aporta más felicidad a esos actos. No al menos para mí.

Esta entrada no está escrita para despotricar contra unas tradiciones arraigadas, ni tampoco para hacerme el interesante yendo contracorriente. No odio la navidad; nunca me ha hecho nada; aunque quizá sea ese su principal problema. Envidio de forma sana (¿eso es posible?) y profunda a todo aquel que se emocione escuchando un villancico o sienta mariposas en el estómago mientras decora el árbol de navidad. Yo, me veo incapaz.

Para mí, la Navidad es esa película "de culto" que jamás he llegado a comprender del todo. Por mucho que me esfuerce no capto su esencia, no tengo un brillo especial en la mirada cuando escucho las risotadas de Santa Claus ni se me desboca el corazón asistiendo a la cabalgata de los Reyes Magos. Pero lo continuaré intentando. Año tras año. Aunque solo sea por tradición.